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“La civilización es la victoria de la persuasión sobre la fuerza.” Platón.

Como sabemos todos, la capacidad de persuasión consiste en influir sobre otras personas, convenciéndoles del punto de vista del persuasor.

No es nada excepcional: lo hacemos a diario en familia, con los amigos, en el trabajo. También somos persuadidos por otros: opiniones, información, películas, libros y noticias logran persuadirnos de ver las cosas de un modo u otro.

Esto afecta a nuestras decisiones: mi opinión y mis creencias influyen en cómo actúo.

Asumiendo que, aunque no siempre seamos conscientes de ello, siempre estamos siendo persuadidos y a su vez persuadimos a los demás,  es muy valioso saber reconocer y manejar esta habilidad para usarla con mayor precisión y eficacia.

La persuasión ha tenido mala prensa porque se suele confundir con la manipulación. La diferencia entre una y otra no nada es más (¡ni nada menos!) que la intención con la que se trata de convencer al otro: ¿estoy buscando su bien, ayudándole a tomar la mejor decisión? O ¿estoy tratando de beneficiarme sin importar los intereses del otro? Esto último es la manipulación: convencer engañosamente.

Por el contrario, la persuasión es necesaria para aunar a un equipo, para contagiar entusiasmo y motivación. Los grandes líderes de la Historia han sido además unos grandes persuasores que han conseguido transmitir un empuje unívoco a sus seguidores. Así es como también avanzan las organizaciones.

Todos queremos ser más persuasivos: ser capaces de explicarnos bien y de mostrar el acierto de nuestros argumentos.

Pensamos que la clave de la persuasión está en cómo hablar, pero no es cierto: el mejor persuasor es el que más escucha y mejor conoce al otro. Como dijo el filósofo Blaise Pascal: “nada convence tanto como las propias razones”. Por ello, ser persuasivo es ser capaz de poner en palabras los sentimientos del otro.

Antes de decir nada, averigua: ¿a quién te diriges? ¿qué les importa? ¿qué temen o les preocupa? Y después, cuando conozcas bien a tu auditorio, habla de lo que sabes: calma los miedos, motiva con sus intereses, da respuesta a sus necesidades.

Aún hay otro factor fundamental para persuadir: haberse persuadido uno previamente. La autenticidad, el entusiasmo y la propia motivación son mensajes emocionales potentes que llegan mucho más allá que las más hermosas palabras.

¿Te he persuadido?

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