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“El mundo entero se aparta cuando ve a una persona que sabe adónde va.”
(Antoine de Saint-Exupéry)

La toma de decisiones requiere seguir un proceso muy concreto: La clave sería recabar la información asequible (importante discriminar si es relevante o no, porque la información no relevante solo confunde), hacer una reflexión madura que conlleva observar la realidad y la repercusión de las distintas opciones, y por último “atreverse”, pues uno de los enemigos de la decisión es frenarse buscando (sin encontrar) el momento perfecto.

Tomar buenas decisiones está relacionado con ser lo suficientemente paciente para obtener la información disponible, saber incluso cuándo conviene pedir la opinión de los demás y tomar la decisión sin dejarse llevar por la presión de la prisa, es decir, concediéndose el tiempo para asumir “previamente” las consecuencias derivadas de la decisión tomada.

La urgencia suele ser mala consejera en la toma de decisiones, nos hace interpretar prematuramente los datos, conformarnos quizá con información insuficiente y tomar decisiones que después se revelan como poco oportunas. Cuando se trata de “minimizar riesgos”, sobre todo en el caso de que la decisión repercuta en otras personas, es un factor a considerar.

Parece claro que las decisiones que afectan a otras personas suponen una carga añadida de responsabilidad. La primera pregunta sería: ¿se puede uno “ahorrar” esto? en general, y ateniéndose cada uno a su rol, a sus funciones y responsabilidades, la respuesta puede ser “No”, por lo tanto, es imprescindible aceptar esta realidad y dejar de pretender eludirla.

Aparte de tener la seguridad de que se está siguiendo de forma correcta el proceso de toma de decisiones, hay que tener muy presente que la responsabilidad profesional ante una decisión es ser objetivos y guiarse por los objetivos (valga la redundancia), de la Organización, del Equipo, y de las personas, por este orden. (Aunque emocionalmente a veces querríamos invertir el orden de prioridades).

Para afrontar el resultado de decisiones que puedan resultar impopulares o perjudiciales para otros, es importante también reforzar la autoconfianza, lo cual también se consigue yendo paso a paso por el proceso de toma de decisiones, y en última instancia arriesgándose a elegir la opción que el propio criterio inspira. Son muchas las ocasiones en que nuestras decisiones afectarán en forma no deseada sobre otros, y la tranquilidad en estos casos reside en tener la constancia interna de que se hizo, se decidió, lo que realmente correspondía.

Otro aspecto que influye de forma decisiva en una alta competencia en la toma de decisiones, es “decidir” confiar en el valor de la propia experiencia y de la intuición, ese “olfato” profesional que nos ayuda en momentos clave, cuando no se dispone de toda la información necesaria o el tiempo resulta escaso para calibrar bien las opciones y efectos.

La autoconfianza se refuerza también cuando aceptamos que “nunca llueve a gusto de todos”, y asumimos incluso la posibilidad de errar, sin considerar que sea una catástrofe, sino tan solo una forma poderosa de aprender.

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